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Las tecnologías disruptivas y su impacto sobre la diversidad

La transición hacia la superación del actual internet móvil, que hará converger personas, espacios y activos entre lo físico y lo virtual, sumando múltiples tecnologías, entre ellas, VR y AR (realidad virtual y realidad aumentad), tecnología blockchain y NFTs, 5G y cloud computing, guarda todavía muchas incógnitas.

 

2022 va ser el año del Metaverso. De eso a nadie le cabe ya ninguna duda. Los más avanzados, marcas como Marvel, Nike o Balenciaga, ya se han estrenado celebrando eventos en el metaverso, logrando reunir a más de 10 millones de espectadores. Compañías como Facebook han cambiado su nombre por Meta y están reajustando su estrategia para enfocar al metaverso.

 

 

Pero, la convergencia de todas estas tecnologías disruptivas, ¿ayudará o perjudicará a las relaciones interpersonales? ¿Fomentará la inclusión o ahondará la brecha de la diversidad?

 

A priori, cualquier movimiento disruptivo tiende a fomentar la DEI porque dinamita los códigos preestablecidos y hace replantear todos los modelos de negocios. Así que el lado más amable y optimista de las nuevas tecnologías como vehículo de diversidad nos lleva a aventurar que “todos los usuarios serán arquitectos del metaverso, gamificando experiencias y creando sus propios juegos”, como apunta Casper Weber, creador de los metaversos para la Super Bowl y Balenciaga, entre otros, lo que supondrá que podrá haber tanta diversidad como usuarios de metaversos. Si a eso le sumamos los pronósticos de otros expertos como Amber Cabral, autora de Allies and Advocates y consultora de diversidad e inclusión para las principales compañías de Fortune 500, que cree que “la inclusión se va a convertir en una partida presente y duradera en los presupuestos anuales, y pasará a formar parte del tejido organizativo en lugar de un compromiso de cara a la galería”, el horizonte parece halagüeño.

 

 

Parece claro que en la actualidad la DEI ya no es solo algo interesante de tener. Se ha convertido en una función comercial esencial a priorizar. Los empleados de las empresas y los candidatos potenciales no solo lo demandan, sino que se van cuando la cultura de una organización no funciona para ellos.

 

La suma de una preocupación (y ocupación) realista sobre el nivel de diversidad, equidad e inclusión en las empresas y en la sociedad sumada a la apertura de posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías para mostrar tantas realidades como personas, parece apuntar hacia un futuro optimista y prometedor en términos de DEI impulsado por estas nuevas tecnologías y la web 3.0.

 

 

Sin embargo, no son pocas las voces que por el contrario creen que el exceso de automatización perjudica ya al desarrollo de la DEI creando más injusticias y que este efecto no hará más que crecer debido a la revolución tecnológica que estamos viviendo. Y son voces autorizadas, como la de Daron Acemoglu, economista del Massachusetts Institute of Technology, que afirman que la tecnología está abriendo aún más la brecha de la desigualdad. Su teoría argumenta que la recompensa económica de invertir en máquinas y software ha sido obstinadamente difícil de alcanzar. Pero dice que la creciente desigualdad resultante de esas inversiones y de la política pública que las fomenta es muy clara. La nueva ola tecnológica es la inteligencia artificial y el economista cree que puede usarse para asistir a los trabajadores mejorando su productividad o para suplantarlos. Sus estudios apuntan a que la mitad o más de la creciente brecha salarial en las últimas décadas ha venido dada por la tecnología. Su conclusión la basa en un análisis de datos demográficos y comerciales que detallan la proporción decreciente de la producción económica que se destina a los trabajadores en forma de salarios y el aumento del gasto en maquinaria y software.

 

Otros como José Ignacio Torreblanca, politólogo y director de ECFR, lo enmarcan en una corriente de “nuevos pesimismos” en torno a la tecnología. Como apunta, “la revolución tecnológica es una nueva revolución industrial que tiene sus propios ganadores y perdedores”. Esperemos por nuestro bien que la perdedora no sea la diversidad.